Se sentía lenta y pesada. Recorrió aburrida los objetos de la habitación hasta verter la mirada en la ventana abierta. Detuvo su inestable interés en el canto de una chicharra (fuera lo que eso fuere, las chicharras siempre le significaron un sonido disfrazado de insecto, dado que nunca había visto una en realidad), hasta dar con un nuevo foco de atención desdibujada. Examinó el colectivo que frenaba, abría las puertas aprobando el descenso de unos cuantos pasajeros, el ascenso de otros tantos apurados, volvía a cerrarlas y reanudaba su camino hacia un destino preestablecido que a ella no le interesaba. De la pequeña masa humana que saldaba su recorrido sobre aquella esquina se desprendió una nena, una nenita, no tendría más que siete u ocho años que acertó a escurrirse unos pasos muerta de risa. Que no corras, le aullaba una mujer, seguramente la madre o una abuela prematura; la pescó por el brazo, la nena se negaba pero la mujer le decía algo al oído. Probablemente le prometiera una golosina al llegar a casa o amenazara con quitársela, como sea la chiquita desatendió la guardia y dejó sumisa que la tomara por la mano para embarcarse juntas en la caminata. En la misma vereda vio cómo un hombre desnudaba su muñeca para indagar su reloj, al cual frunció el ceño unos momentos. Pensó que tal vez las agujas del reloj se habrían burlado del hombre indicándole un horario que no se parecía al que él esperaba, o al que se ajustaba a su programa, por lo cual estaría perdiendo preciosos minutos; por no decir que tal vez todo su plan estuviera arruinado, todo gracias al informe que arrojó su reloj. O tal vez el hombre en realidad tuviera la clara certeza de la hora que era, tal vez la única razón por la cual pareció extrañarse al momento de consultar su muñeca fuera la revelación de que el reloj habría pausado su actividad horas atrás (tal vez a la mañana o cerca del mediodía), seguramente por falta de pilas o por una falla mínima aunque fatal en el mecanismo. Y todo para qué.
Fue entonces que se sintió lejos, más lejos que lo que jamás se había sentido de las razones que empujan a una persona a las calles y a caminarlas decepcionando a otras personas; pensó en por qué, por qué apurarse, por qué sentir curiosidad por la forma de las chicharras, por qué abordar colectivos y comer y cambiar las pilas de los relojes. Los objetos a su alrededor perdían silenciosamente sus significados. La esfera de su propio reloj despertador era ahora un aparato inútil destinado a marcar minutos y segundos por alguna lejana razón. El tictac se hincaba en su cerebro como pedacitos de vidrio, mezclándose con los latidos espaciados de su incomprensible corazón.














